lunes, 20 de octubre de 2014

EDUARDO BERNABEU

Eduardo es un poeta reconocido con importantes premios en su trayectoria.

hoy nos presenta su último cuento...


ZOZOBRAS NOCTURNAS

Luis Ángel de las Auroras, brillante arquitecto de 42 años, tuvo que pasar una dura jornada de trabajo en el estudio que hace más de dos lustros abrió con Casimiro Gómez, compañero de carrera e íntimo amigo de la familia. Desde horas tempranas de la mañana de ese lunes se aisló en su despacho, junto a Mari Puri, su competente secretaria personal, para concentrarse en la resolución de un complicado proyecto urbanístico que debía presentar antes de concluir la semana.
-Hoy va a ser un día largo y difícil, Mari Puri –le dijo mientras tomaban fuerzas con el primer café matinal.
-Pues adelante, cuando quieras comenzamos –comentó ella animosa.

Mari Puri es una atractiva y faldicorta joven de poco más de treinta años, una mujer extrovertida, moderna y muy bien capacitada laboralmente. Trabaja para Luis Ángel desde el comienzo de las actividades del despacho, y ha llegado a ser considerada por él como imprescindible y decisiva en el trabajo; forman un equipo compenetrado y provechoso. También, poco a poco, la relación personal ha logrado ser de una amistad profunda, llena de gran lealtad y confidencialidad, lo que no ha entorpecido que Mari Puri conserve novio, Arturo, un entristecido y resignado biólogo en paro, que todavía vive en casa de sus padres.

-Vamos a tomarnos un respiro, Mari Puri –invitó Luis Ángel después de haber estado trabajando sin descanso algunas horas.
-Luis Ángel, si no te importa, me gustaría irme ya; me espera Arturo para dar un paseo. Por diferentes razones, hace que no lo veo casi dos semanas.
-Desde luego, Mari Puri. Y gracias por todo tu esfuerzo. Este mes tendrás una compensación extra; te lo mereces.
-Gracias a ti, jefe.

Eran ya las ocho de la tarde cuando Mari Puri salió de la oficina; el día había transcurrido desarrollando una compleja y meticulosa tarea, durante casi doce horas, tan sólo interrumpida para intercambiarse algunos toqueteos breves, esporádicos y juguetones, para un rápido y frugal refrigerio de mediodía y para una precipitada pero reconfortante felación que Mari Puri obsequió a Luis Ángel a modo de despedida. Luis Ángel siguió con la labor profesional tres cuartos de hora más, momento en que decidió relajar tensiones acumuladas durante el día y dedicar algún tiempo al copeo, en un club de chicas amables y ambiente concupiscente, cercano a su casa, al que, de vez en vez, acude para encontrarse con algunos amigotes asiduos al local, con los que, entre chanzas, picardías y miradas lujuriosas a las chicas, charla de fútbol, mujeres y frivolidades varias. Pero antes, y desde su despacho, llamó por teléfono a su casa, para hablar con María Cándida de la Ría Alta, su esposa desde hace cuatro años, con el objeto de excusar su tardanza por el excesivo trabajo que ha tenido y para justificar que todavía va a dedicarle algún tiempo más al asunto que le ocupa.

-Qué día llevo; sólo he parado un momento para comer cualquier cosa y tomar un café. A última hora me han surgido algunos problemas no previstos y quiero dedicarles algo más de tiempo.
-Con la zorra de tu secretaria, supongo –soltó impetuosa y con rencor María Cándida.
-Estás obsesionada con esa buena chica. Es una trabajadora incansable y eficiente, y, además, hace tiempo que se ha ido, porque había quedado citada con su novio.
-Sí, sí, bien; me da igual. Pero tú, una vez más, hasta las tantas por ahí, con la disculpa del dichoso trabajo. Y quizá también te gustaría que te prepare algo de cena para cuando te dé la gana volver a casa; vete a saber a qué hora –dijo con gran dosis de sarcasmo y rabia.
-No, no; no te molestes. Acuéstate y duérmete tranquila –respondió Luis Ángel con incomodidad contenida.
-Sí, si es que la niña me deja; porque lleva un día… Menos mal que mi madre está conmigo, echándome una mano.

El matrimonio tiene una hija de dos años y medio, Teresita, una preciosa y llorona niña que es la alegría de la casa, la cual fue apadrinada por Casimiro, el socio de Luis Ángel, que se ofreció a ello por la estrecha amistad que les une e ilusionado porque el caprichoso azar concedió a la criatura unos ojos verdosos y un hoyuelo en la barbilla muy similares a los que él posee. Jamás se ha hecho escarnio de esa coincidencia por parte de nadie, aunque alguna sonrisa y alguna mirada maliciosa se hayan escapado por esa razón entre allegados y conocidos.

-Descansa, descansa –volvió a insistir conciliador Luis Ángel.
-Vete a la mierda –se dejó llevar por sus instintos primarios María Cándida.

María Cándida, aunque relamida y cursi en sociedad, es una mujer de carácter fuerte y ademanes bruscos en la intimidad familiar; es bastante más joven que Luis Ángel, y su madre, a la que está muy unida, vive en un piso superior al de ellos, en la misma escalera del mismo edificio. Está emparentada con los duques del Serventesio, una familia norteña, católica, orgullosa y arruinada, que odia con fuerza a Luis Ángel por ser, según dicen, un libertino y rico con malas artes. Profesan un particular cariño a María Cándida desde que ésta quedó huérfana de padre cuando todavía era una adolescente. Entre todos ellos han dedicado mucho tiempo y empeño en las insidias, con las que han creado un progresivo malestar en el matrimonio.

-Iré a casa lo antes posible –sintetizó Luis Ángel con serenidad fingida, mostrándose moderado para calmar las iras de María Cándida.

Inmediatamente después de colgar el teléfono, Luis Ángel recogió cuidadosa y ordenadamente la documentación relativa al proyecto, apagó las luces de toda la oficina y, ya en el coche, se dirigió hacia su lujosa urbanización. Allí dejó el automóvil, en una plaza de garaje que tiene alquilada cerca de su domicilio para cubrir las necesidades que se crean cuando se poseen cuatro vehículos en la familia. Ya en la calle, y al amparo de las sombras nocturnas, suspiró hondamente y se encaminó al club de sus distracciones.

-Hola, chaval –le saludó un hombre de edad avanzada, abigotado y vestido con ropas exageradas e impropiamente juveniles.
-Hola –respondió de manera lacónica Luis Ángel, todavía no adaptado al lugar.
-Y hoy, ¿cómo te lo has montado para venir? –le preguntó otro conocido.
-Ya lo ves; con facilidad –presumió-. Y me lo tengo merecido, porque he trabajado mucho.
-Con la calentorra de tu secre, ¿no? –comentó otro de los habituales, el que se cree gracioso en el grupo.
-No seas majadero, hombre. Que vengo a pasar un rato tranquilo.

Luis Ángel suele tomar güisqui del caro con hielo. Pronto le sirvieron el primero, y lo apuró de dos largos tragos. Tardó poco en pedir otro.

-Parece que vienes hoy con mucha sed. ¿O es que quieres recuperar el tiempo perdido fuera de aquí? –ilustró el gracioso.

Con la segunda copa se inició una conversación intrascendente sobre las tasas municipales en relación con la recogida de basuras. Pero duró poco; pronto fue abandonada para entrar en comentarios sobre las chicas, aunque intercalando algunos aspectos futbolísticos que tenían que ver con el último campeonato mundial.

-Qué desastre; qué fracaso; qué ridículo hemos hecho.
-Que les den a todos. Esos se lo llevan crudo, tan sólo por dar cuatro patadas a un balón. Qué caraduras.
-Oye, ésa, la que me ha servido la copa, ¿es nueva?
-Sí; y qué tetazas tiene –matizó el de mayor edad.
-¿Qué os parece si nos jugamos una ronda a los chinos? Me apetece sacaros la pasta y beber por la cara –propuso el de profesión sus gracias.

A todos les pareció muy bien la propuesta. Entre otras razones, porque era una manera segura de que la juerga no decayera y de mantener una conversación duradera, aunque fuera sobre un tema monótono. Y comenzaron el entretenimiento. La primera partida la perdió Luis Ángel, quien ya se sentía eufórico. Y después llegó otra ronda y otra partida; y luego más. Y siguieron con lo mismo.

-Jo, si son casi las doce y media… -comentó con sorpresa Luis Ángel, ya con una voz lenta y blanda.
-Cómo pasa el tiempo cuando se está a gusto –dijo otro, también con la voz entrecortada y pastosa.
-Esto está empezando para mí; no seáis carcamales ni calzonazos –comentó el de más edad, en un alarde de rebrote juvenil y mostrando un enardecido espíritu machista.
-Pues yo me voy; mañana tengo que estar en el despacho muy temprano, y despejado, si quiero hacer las cosas bien. Tengo entre manos algo muy importante –explicó Luis Ángel con sensatez, aunque sus palabras salían resbaladizas.

Se levantó del taburete con torpeza y se fue. Llegó a su casa dando un corto paseo sin demasiado equilibrio. La cerradura del portal se le resistió algo, pero no demasiado; el problema mayor surgió al pretender abrir la de su domicilio, que pareció empeñarse en no dejarle entrar, poniéndole excesivas dificultades, como si tuviera alguna enemistad personal con él. Al sexto intento lo logró, aunque con una apertura demasiado ruidosa, y entró en su hogar, donde fue recibido por el silencio y las sombras. Cerró la puerta sin demasiada cautela y se quedó inmóvil un momento, reflexionando con lentitud cómo proseguir. Al fin, haciendo esfuerzos para lograr un buen control de movimientos, se dirigió hacia el dormitorio que suele utilizar, para no molestar a María Cándida, cuando sus actividades le obligan a llegar a casa a una hora inoportuna. Entre ese dormitorio y el conyugal hay otra habitación, la que está primorosamente dispuesta para acoger los felices sueños de Teresita. Un cálculo equivocado de las distancias hizo tropezar a Luis Ángel contra un sólido mueble de estilo isabelino colocado en el pasillo. Se sintió dolorido y lanzó un sonoro e incontrolado exabrupto con matices blasfemos. En ese momento, María Cándida salió de su habitación. Algo asustado y desconcertado, Luis Ángel, en una reacción defensiva, se introdujo con precipitación en el dormitorio de la niña y, casi en completa oscuridad, comenzó a mecer la cuna de la pequeña; para disimular. Cerró los ojos y esperó acontecimientos, cuando ya María Cándida, envuelta en un fino camisón e iluminada con una tenue luz del pasillo, se asomaba en la estancia.

-¿Se puede saber qué haces? ¡Imbécil! –le increpó en un tono crispado.
-Es que… La niña… La he oído llorar y he entrado para calmarla y para que tú no te despertaras –se defendió Luis Ángel sin demasiada convicción y con la palabra poco firme.
-¡Ah, muy bien! –se mostró furiosa-. Además de golfo eres tonto. Así que la niña lloraba y la quieres calmar. Y tú todavía con el traje y la corbata, apestando a alcohol. Y la voz, que apenas se entiende lo que dices.
-Es que estoy muy cansado de tanto trabajo y… Pero la niña…
-Sigue, sigue diciendo bobadas –le interrumpió-. Porque no te creería de ninguna manera, pero es que, además, la niña está con mi madre desde hace más de dos horas; porque se la ha subido a su casa para que pase la noche con ella. ¡Sinvergüenza!

Luis Ángel no supo qué contestar. Y como solución para aquel fracaso continuado, no se le ocurrió otra fórmula más digna que la de huir pausadamente.

-Mañana tengo que estar muy temprano en el despacho. Buenas noches; que descanses –y se encerró en la habitación de las circunstancias especiales originadas por el trabajo y los devaneos.
-¡Asqueroso!, ¡golfo!, ¡borracho! –fue la acalorada despedida de María Cándida desde el pasillo.

Poco después, toda la casa quedó envuelta de nuevo por la oscuridad y el silencio, únicamente alterado de cuando en cuando por algún ronquido.        
  





EDUARDO BERNABÉU TERROBA
                                                                                         Julio de MMXIV

No hay comentarios:

Publicar un comentario