hoy nos presenta su último cuento...
ZOZOBRAS NOCTURNAS
Luis Ángel de las Auroras,
brillante arquitecto de 42 años, tuvo que pasar una dura jornada de trabajo en
el estudio que hace más de dos lustros abrió con Casimiro Gómez, compañero de
carrera e íntimo amigo de la familia. Desde horas tempranas de la mañana de ese
lunes se aisló en su despacho, junto a Mari Puri, su competente secretaria
personal, para concentrarse en la resolución de un complicado proyecto
urbanístico que debía presentar antes de concluir la semana.
-Hoy va a
ser un día largo y difícil, Mari Puri –le dijo mientras tomaban fuerzas con el
primer café matinal.
-Pues
adelante, cuando quieras comenzamos –comentó ella animosa.
Mari Puri es
una atractiva y faldicorta joven de poco más de treinta años, una mujer
extrovertida, moderna y muy bien capacitada laboralmente. Trabaja para Luis
Ángel desde el comienzo de las actividades del despacho, y ha llegado a ser
considerada por él como imprescindible y decisiva en el trabajo; forman un
equipo compenetrado y provechoso. También, poco a poco, la relación personal ha
logrado ser de una amistad profunda, llena de gran lealtad y confidencialidad,
lo que no ha entorpecido que Mari Puri conserve novio, Arturo, un entristecido
y resignado biólogo en paro, que todavía vive en casa de sus padres.
-Vamos a
tomarnos un respiro, Mari Puri –invitó Luis Ángel después de haber estado
trabajando sin descanso algunas horas.
-Luis Ángel,
si no te importa, me gustaría irme ya; me espera Arturo para dar un paseo. Por
diferentes razones, hace que no lo veo casi dos semanas.
-Desde
luego, Mari Puri. Y gracias por todo tu esfuerzo. Este mes tendrás una
compensación extra; te lo mereces.
-Gracias a
ti, jefe.
Eran ya las
ocho de la tarde cuando Mari Puri salió de la oficina; el día había
transcurrido desarrollando una compleja y meticulosa tarea, durante casi doce
horas, tan sólo interrumpida para intercambiarse algunos toqueteos breves,
esporádicos y juguetones, para un rápido y frugal refrigerio de mediodía y para
una precipitada pero reconfortante felación que Mari Puri obsequió a Luis Ángel
a modo de despedida. Luis Ángel siguió con la labor profesional tres cuartos de
hora más, momento en que decidió relajar tensiones acumuladas durante el día y
dedicar algún tiempo al copeo, en un club de chicas amables y ambiente
concupiscente, cercano a su casa, al que, de vez en vez, acude para encontrarse
con algunos amigotes asiduos al local, con los que, entre chanzas, picardías y
miradas lujuriosas a las chicas, charla de fútbol, mujeres y frivolidades
varias. Pero antes, y desde su despacho, llamó por teléfono a su casa, para
hablar con María Cándida de la Ría Alta, su esposa desde hace cuatro años, con
el objeto de excusar su tardanza por el excesivo trabajo que ha tenido y para
justificar que todavía va a dedicarle algún tiempo más al asunto que le ocupa.
-Qué día
llevo; sólo he parado un momento para comer cualquier cosa y tomar un café. A
última hora me han surgido algunos problemas no previstos y quiero dedicarles
algo más de tiempo.
-Con la
zorra de tu secretaria, supongo –soltó impetuosa y con rencor María Cándida.
-Estás
obsesionada con esa buena chica. Es una trabajadora incansable y eficiente, y,
además, hace tiempo que se ha ido, porque había quedado citada con su novio.
-Sí, sí,
bien; me da igual. Pero tú, una vez más, hasta las tantas por ahí, con la
disculpa del dichoso trabajo. Y quizá también te gustaría que te prepare algo
de cena para cuando te dé la gana volver a casa; vete a saber a qué hora –dijo
con gran dosis de sarcasmo y rabia.
-No, no; no
te molestes. Acuéstate y duérmete tranquila –respondió Luis Ángel con
incomodidad contenida.
-Sí, si es
que la niña me deja; porque lleva un día… Menos mal que mi madre está conmigo,
echándome una mano.
El
matrimonio tiene una hija de dos años y medio, Teresita, una preciosa y llorona
niña que es la alegría de la casa, la cual fue apadrinada por Casimiro, el
socio de Luis Ángel, que se ofreció a ello por la estrecha amistad que les une
e ilusionado porque el caprichoso azar concedió a la criatura unos ojos
verdosos y un hoyuelo en la barbilla muy similares a los que él posee. Jamás se
ha hecho escarnio de esa coincidencia por parte de nadie, aunque alguna sonrisa
y alguna mirada maliciosa se hayan escapado por esa razón entre allegados y
conocidos.
-Descansa,
descansa –volvió a insistir conciliador Luis Ángel.
-Vete a la
mierda –se dejó llevar por sus instintos primarios María Cándida.
María
Cándida, aunque relamida y cursi en sociedad, es una mujer de carácter fuerte y
ademanes bruscos en la intimidad familiar; es bastante más joven que Luis
Ángel, y su madre, a la que está muy unida, vive en un piso superior al de
ellos, en la misma escalera del mismo edificio. Está emparentada con los duques
del Serventesio, una familia norteña, católica, orgullosa y arruinada, que odia
con fuerza a Luis Ángel por ser, según dicen, un libertino y rico con malas
artes. Profesan un particular cariño a María Cándida desde que ésta quedó
huérfana de padre cuando todavía era una adolescente. Entre todos ellos han
dedicado mucho tiempo y empeño en las insidias, con las que han creado un
progresivo malestar en el matrimonio.
-Iré a casa
lo antes posible –sintetizó Luis Ángel con serenidad fingida, mostrándose
moderado para calmar las iras de María Cándida.
Inmediatamente
después de colgar el teléfono, Luis Ángel recogió cuidadosa y ordenadamente la
documentación relativa al proyecto, apagó las luces de toda la oficina y, ya en
el coche, se dirigió hacia su lujosa urbanización. Allí dejó el automóvil, en
una plaza de garaje que tiene alquilada cerca de su domicilio para cubrir las
necesidades que se crean cuando se poseen cuatro vehículos en la familia. Ya en
la calle, y al amparo de las sombras nocturnas, suspiró hondamente y se
encaminó al club de sus distracciones.
-Hola,
chaval –le saludó un hombre de edad avanzada, abigotado y vestido con ropas
exageradas e impropiamente juveniles.
-Hola
–respondió de manera lacónica Luis Ángel, todavía no adaptado al lugar.
-Y hoy, ¿cómo
te lo has montado para venir? –le preguntó otro conocido.
-Ya lo ves;
con facilidad –presumió-. Y me lo tengo merecido, porque he trabajado mucho.
-Con la calentorra
de tu secre, ¿no? –comentó otro de los habituales, el que se cree gracioso en
el grupo.
-No seas
majadero, hombre. Que vengo a pasar un rato tranquilo.
Luis Ángel
suele tomar güisqui del caro con hielo. Pronto le sirvieron el primero, y lo
apuró de dos largos tragos. Tardó poco en pedir otro.
-Parece que
vienes hoy con mucha sed. ¿O es que quieres recuperar el tiempo perdido fuera
de aquí? –ilustró el gracioso.
Con la
segunda copa se inició una conversación intrascendente sobre las tasas
municipales en relación con la recogida de basuras. Pero duró poco; pronto fue
abandonada para entrar en comentarios sobre las chicas, aunque intercalando
algunos aspectos futbolísticos que tenían que ver con el último campeonato
mundial.
-Qué
desastre; qué fracaso; qué ridículo hemos hecho.
-Que les den
a todos. Esos se lo llevan crudo, tan sólo por dar cuatro patadas a un balón.
Qué caraduras.
-Oye, ésa,
la que me ha servido la copa, ¿es nueva?
-Sí; y qué
tetazas tiene –matizó el de mayor edad.
-¿Qué os
parece si nos jugamos una ronda a los chinos? Me apetece sacaros la pasta y
beber por la cara –propuso el de profesión sus gracias.
A todos les
pareció muy bien la propuesta. Entre otras razones, porque era una manera
segura de que la juerga no decayera y de mantener una conversación duradera,
aunque fuera sobre un tema monótono. Y comenzaron el entretenimiento. La
primera partida la perdió Luis Ángel, quien ya se sentía eufórico. Y después
llegó otra ronda y otra partida; y luego más. Y siguieron con lo mismo.
-Jo, si son
casi las doce y media… -comentó con sorpresa Luis Ángel, ya con una voz lenta y
blanda.
-Cómo pasa
el tiempo cuando se está a gusto –dijo otro, también con la voz entrecortada y
pastosa.
-Esto está
empezando para mí; no seáis carcamales ni calzonazos –comentó el de más edad,
en un alarde de rebrote juvenil y mostrando un enardecido espíritu machista.
-Pues yo me
voy; mañana tengo que estar en el despacho muy temprano, y despejado, si quiero
hacer las cosas bien. Tengo entre manos algo muy importante –explicó Luis Ángel
con sensatez, aunque sus palabras salían resbaladizas.
Se levantó
del taburete con torpeza y se fue. Llegó a su casa dando un corto paseo sin
demasiado equilibrio. La cerradura del portal se le resistió algo, pero no
demasiado; el problema mayor surgió al pretender abrir la de su domicilio, que
pareció empeñarse en no dejarle entrar, poniéndole excesivas dificultades, como
si tuviera alguna enemistad personal con él. Al sexto intento lo logró, aunque
con una apertura demasiado ruidosa, y entró en su hogar, donde fue recibido por
el silencio y las sombras. Cerró la puerta sin demasiada cautela y se quedó
inmóvil un momento, reflexionando con lentitud cómo proseguir. Al fin, haciendo
esfuerzos para lograr un buen control de movimientos, se dirigió hacia el
dormitorio que suele utilizar, para no molestar a María Cándida, cuando sus
actividades le obligan a llegar a casa a una hora inoportuna. Entre ese
dormitorio y el conyugal hay otra habitación, la que está primorosamente
dispuesta para acoger los felices sueños de Teresita. Un cálculo equivocado de
las distancias hizo tropezar a Luis Ángel contra un sólido mueble de estilo
isabelino colocado en el pasillo. Se sintió dolorido y lanzó un sonoro e
incontrolado exabrupto con matices blasfemos. En ese momento, María Cándida
salió de su habitación. Algo asustado y desconcertado, Luis Ángel, en una
reacción defensiva, se introdujo con precipitación en el dormitorio de la niña
y, casi en completa oscuridad, comenzó a mecer la cuna de la pequeña; para
disimular. Cerró los ojos y esperó acontecimientos, cuando ya María Cándida,
envuelta en un fino camisón e iluminada con una tenue luz del pasillo, se
asomaba en la estancia.
-¿Se puede
saber qué haces? ¡Imbécil! –le increpó en un tono crispado.
-Es que… La
niña… La he oído llorar y he entrado para calmarla y para que tú no te
despertaras –se defendió Luis Ángel sin demasiada convicción y con la palabra
poco firme.
-¡Ah, muy
bien! –se mostró furiosa-. Además de golfo eres tonto. Así que la niña lloraba
y la quieres calmar. Y tú todavía con el traje y la corbata, apestando a
alcohol. Y la voz, que apenas se entiende lo que dices.
-Es que
estoy muy cansado de tanto trabajo y… Pero la niña…
-Sigue,
sigue diciendo bobadas –le interrumpió-. Porque no te creería de ninguna
manera, pero es que, además, la niña está con mi madre desde hace más de dos
horas; porque se la ha subido a su casa para que pase la noche con ella.
¡Sinvergüenza!
Luis Ángel
no supo qué contestar. Y como solución para aquel fracaso continuado, no se le
ocurrió otra fórmula más digna que la de huir pausadamente.
-Mañana
tengo que estar muy temprano en el despacho. Buenas noches; que descanses –y se
encerró en la habitación de las circunstancias especiales originadas por el
trabajo y los devaneos.
-¡Asqueroso!,
¡golfo!, ¡borracho! –fue la acalorada despedida de María Cándida desde el
pasillo.
Poco
después, toda la casa quedó envuelta de nuevo por la oscuridad y el silencio,
únicamente alterado de cuando en cuando por algún ronquido.
EDUARDO BERNABÉU TERROBA
Julio de MMXIV
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